Management – Nada es estable y todo se cuestiona en materia de liderazgo

Jeffrey E.Garten, de Yale, y Mauro Guillén, perteneciente al staff de Wharton, ofrecen visiones complementarias, aunque para nada coincidentes sobre los sistemas de gestión corporativa.
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Predecir las exigencias del management y el gobierno de empresas –más su influencia sobre los presidentes ejecutivos o chief executive officers– es una tarea compleja, si no imposible, aun en el corto plazo. Después de todo, como apunta Jeffrey E. Garten en Politics of fortune: a new agenda for business leaders, “los principales CEO deben timonear el tránsito de una edad de oro a un marco económico y financiero mundial bastante más duroâ€. Guillén es todavÃa menos contemplativo.
Por lo tanto, cualquier lÃder global tiene que hacer cuatro cosas: preservar los rasgos positivos de la gestión, descartar los asociados a la euforia de las décadas de los ’80 y los ’90, adquirir conocimientos y modificar actitudes. Este cometido se ve complicado por varios factores. Para empezar, escándalos como Enron y todos los que le siguieron han sacudido las propias bases de la gestión corporativa en el sector privado, y no sólo en Estados Unidos.
Nada es seguro
Todo se cuestiona, incluso auditorÃas, prácticas contables, regÃmenes remuneratorios y las propias juntas directivas, para no mencionar al propio CEO como figura. También se ha deteriorado mucho la fe pública en lÃderes empresarios, máxime entre su audiencia (accionistas, empleados, proveedores, socios, clientes), y ya no se cree que los mercados financieros y bursátiles sean tan racionales o eficientes como solÃan afirmar, incluso, algunos premios Nobel de EconomÃa.
“Desregulación, privatizaciones –procesos muy generalizados fuera de Estados Unidos–, introducción de tecnologÃas, remuneración de estamentos superiores y muchas otras cosas dependÃan de que reguladores, inversores y los propios managers, creyesen en la eficiencia y la racionalidad de los mercados. Hoy, no sabemos si esa cultura está en decadencia y, en todo caso, es prematuro especular sobre el contexto futuro. Pero los escándalos van generando nuevas pautas: por primera vez en décadas, los CEO son los primeros despedidos cuando hay problemasâ€, reflexiona Garten.
En paralelo, el sistema financiero también ha entrado en una fase inestable, volátil y proclive a reformas, no sólo contables. Gigantes mundiales tipo Citigroup, J. P. Morgan Chase o Merrill Lynch, son presionados para reorganizarse y eludir conflictos de intereses. En esencia, se trata de separar las firmas de valores propiamente dichas (agentes, consultores, analistas, calificadores de empresas y papeles, etc.) y las bancas de inversión.
A su vez, las autoridades ponen bajo la lupa complejas tecnologÃas financieras, que facilitan maniobras contables y lavado de fondos. La tendencia, entonces, obra en desmedro de la “banca universalâ€; vale decir, entidades que brindan todo tipo de servicios a todo tipo de clientes, sin cuidar los detalles.
Finalmente, apunta el experto de Yale, “el clima global de negocios irá enfriándose a causa de factores geopolÃticos. Los riesgos de guerra con Irak y Corea del Norte, sus potenciales efectos desestabilizadores en el Islam y en los precios petroleros –según sea la suerte del futuro conflicto, éstos pueden saltar a US$ 45-50 el barril o desmoronarse a menos de 7,50– pesan en las decisiones empresarias y financieras.
Cambios en la cúpula
Por supuesto, hay cosas que no cambiarán en materia de management. Por ejemplo, reclutar, desarrollar y retener talentos, moverse en equipo, tener visión estratégica, desarrollar contextos que no ahoguen la iniciativa pero sean lo bastante centralizados como para gestionar riesgos, comunicar bien hacia dentro y hacia fuera o volverse tan global como el mercado requiera.
Pero, según Garten, la pregunta clave es: ¿qué hay de nuevo en liderazgo? En primer lugar, una tendencia a volver a las fuentes; algo asà como rescatar las enseñanzas que impartÃa Peter Drucker en los años ’50 y ’60. Durante los ’90, los ejecutivos estadounidenses –y muchos europeos– se dedicaban a armar nuevos modelos. Ahora, debieran armar o rearmar buenas organizaciones.
Por ende, Garten, y también Mauro Guillén en su obra Corporate governance, globalization and convergence across countries, sugiere abandonar el concepto de “pensado para vender†por el de “pensado para durarâ€. Las innovaciones tecnológicas deben administrarse con sensatez, sin la obsesión de ser el primero en lanzar el último chiche. El enfoque en rapidez y escalas, tÃpico de la “nueva economÃa†debe ceder ante otras dos prioridades: calidad y duración.
En segundo término, los lÃderes de negocios deben tener noción más clara de sus obligaciones. Por ejemplo, en materia de balances, pues la “contabilidad globalizada†es tan compleja que resulta muy difÃcil hacerse una idea completa del estado financiero general. Hasta 2000, los CEO podÃan apoyarse en los directores financieros, contadores y auditores externos.
Eso ya no es posible, ni siquiera en Estados Unidos y hoy se exige que los CEO sean personalmente responsables de los balances. Por ende, surge otra pregunta global: ¿en qué punto una organización es demasiado grande para que el CEO pueda abarcarla o hacerse responsable total? Aún no hay respuestas claras, admiten Garten y Guillén.
En tercer lugar, los CEO deben entender qué papel cumplen sus empresas respecto de accionistas, interesados y afectados. En los últimos 20 años, los ejecutivos se han abocado a enriquecer accionistas –cuando no a sà mismos– y no sólo en Estados Unidos. Casos como Vivendi Universal, Vodafone, Deutsche Bank, France Télécom, Kirch y tantos otros, demuestran que los europeos no se han quedado atrás.
¿Convergencia imposible?
Naturalmente, directivos y ejecutivos son reflejos de sus sociedades y culturas. Pero, aun asÃ, no debieran dejarse arrastrar por la corriente, como ocurrió en los 15 últimos años del siglo XX y los dos primeros del XXI, encandilados por altas tasas de crecimiento, la “nueva economÃa†y esa exuberancia irracional que Alan Greenspan atribuÃa, con razón, a los mercados especulativos.
Desde el desinfle de activos y los escándalos empresarios, no obstante, una mezcla de cinismo público sobre conductas corporativas y un escenario geopolÃtico sombrÃo van cambiando el foco del interés público. Es una coyuntura que tiene paralelos con los últimos años ’40, cuando la depresión, la segunda guerra mundial y la guerra frÃa planteaban un mundo muy diferente al de los “años locosâ€.
En este contexto, “un sistema de gobierno empresario mal concebido –afirma Guillén, retomando conceptos de Garten– significa deficiente asignación de recursos o tolerancia hacia actitudes oportunistasâ€. Pero, en su perspectiva, aparece una pregunta peculiar: ¿la gestión corporativa opera del mismo modo en todas las economÃas avanzadas?
Garten y otros globalizadores creen que los modelos nacionales o regionales tienden a converger en dos patrones. El anglosajón, centrado en el accionista y sus dividendos, o un hÃbrido que combine ese factor con otros intereses afectados por una compañÃa. Por ejemplo, las pautas japonesa o alemana. De paso, esta escuela no le ve futuro a la empresa familiar.
A criterio de Guillén, el modelo estadounidense incluye propiedad dispersa, fuerte amparo jurÃdico a los accionistas e indiferencia hacia los restantes grupos de interés. En cuanto al modelo hÃbrido, muestra menor diferenciación entre grados de dispersión o de control gerencial. Vale decir, los “otros†grupos de interesados tienen mayor influencia en las operaciones societarias.
Sin embargo, la crisis del modelo de negocios en Estados Unidos (escándalos, depreciación de activos, reguladores demasiado tolerantes, lobbies allegados al gobierno federal) “pone en seria duda que otros paÃses opten por nuestras pautasâ€, reflexiona Guillén. Por cierto, procesos, sumarios e investigaciones, evidencian que los intereses de los accionistas, los inversores y otros grupos, no han sido respetados ni atendidos.
Un mundo de diferencias El experto Guillén concluye –oponiéndose a Garten– que “cada economÃa encarará el gobierno y la gestión de empresas según pautas propiasâ€. No obstante, formula un interrogante difÃcil de contestar por ahora: ¿Qué ocurrirá, en el plano global, si esas pautas realmente siguen diferenciándose en la práctica?
En este punto, surge un nexo con el planteo de Yale: “Aun en fases globalizadoras, con mercados en expansión y mayor coordinación entre gobiernos, siempre han subsistido diversos sistemas de gobierno corporativoâ€. Ese factor “parece promover diferenciación, tanto en el sector público como en el privado, y una tendencia de los modelos a competir, no a convergerâ€.
Lógicamente, existen buenas razones para explicar el fenómeno: tipos de organización, sectores, productos, servicios, clientes, proveedores y –esencialmente– regulaciones locales o regionales. No es casual que la ampliación de la Unión Europea afronte tantos problemas e incertidumbres, incluso ya aprobada la nómina de candidatos a incorporar.
Ya no hay cosas simples
Además del grado de diferenciación o convergencia, “subsisten nexos relevantes entre el gobierno de las empresas y su propia estrategia de competenciaâ€, apunta Guillén. “La cosa no es tan simple como para decir que se reformarán las pautas de gestión para que sean más o menos similares alrededor del mundoâ€.
Esta clase de sistemas –o estructuras– interactúa con muchos otros factores de la economÃa y la sociedad. Por ejemplo, legislación laboral, tributaria y financiera; especialmente la que regula quiebras y concursos, tema de palpitante actualidad si los hay. Si cambia un componente y los demás no lo hacen, se generarán desajustes y desequilibrios. El trabajo de Wharton, entonces, sugiere que “la globalización reside más en manejar diferencias que en eliminarlas en pos de un mundo sin fronteras ni maticesâ€. Aquà las divergencias con Garten son por demás marcadas.
El estudio de Guillén, iniciado hace más de dos años y actualizado sobre la marcha, adopta planteos macroeconómicos al encarar la gobernabilidad corporativa en los principales paÃses o grupos del planeta. Los análisis y las conclusiones apelaron a seis indicadores empÃricos y a casos paÃs por paÃs. Ese arsenal incluye inversiones externas directas realizadas por firmas clasificadas según los regÃmenes de gobierno o gestión de sus matrices, la influencia de inversores institucionales en cada economÃa, la proporción de tÃtulos en manos de varios tipos de accionistas, la relación entre deuda y financiamiento bursátil, los incentivos remuneratorios de largo plazo ofrecidos al CEO –otro tema muy “caliente†estos dÃas– y la proclividad a compras hostiles de paquetes (como sÃntoma de un clima o un mercado para estas operaciones).
“La tesis globalizante afirma –concluye Guillén– que la proliferación de grupos multinacionales forzará una convergencia entre modelos de gestión en el modelo estadounidense. Pero muchos hallazgos parecen refutar la teorÃaâ€. Por ejemplo, su análisis encuentra que la proporción de paquetes accionarios en poder de inversores extranjeros –esto es, la inversión directa proveniente de otros paÃses– en regÃmenes del tipo anglosajón ha ido cediendo de 66% en 1980 a poco más de 50% en 1999. Por el contrario, esa misma proporción ha subido –en el mismo lapso– de 34% a 49% en economÃas influidas por los modelos alemán, francés o escandinavo.
“Parece, entonces, que si hay una convergencia en materia de gobierno empresario no se da alrededor del modelo estadounidense o anglosajón (pues abarca Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda), centrado en el accionista. Antes bien, las tendencias apuntan a una especie de hÃbridoâ€. Para mayor abundancia, las actitudes de los inversores institucionales, las tomas hostiles y el papel de los bancos como proveedores de fondos en diferentes economÃas, también contradicen la noción de que los modelos de gestión se hallan en un proceso de convergencia claro e inexorable.













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